Hasta la cima de la Isla del Tigre, inolvidable experiencia…

Soy una mujer acostumbrada a la vida en ciudad, sin embargo siempre me ha llegado la idea de conocer el campo y de hecho ya había tenido un par de experiencias para recordar, cuando hablo de campo no me refiero a excursiones sobre equipos motorizados, más bien caminatas ya que de esa forma se vive realmente la experiencia, caminar y vencer retos, además de disfrutar cada escenario del camino, de esas veces previas una fue en Grecia, la tierra natal de mi padre, una caminata – escalada por campos llenos de orégano donde la noche y el olor hicieron combinación perfecta para sentir como si fuera nada el camino recorrido, la otra vez fue a San Juancito a través de La Tigra donde el trayecto que fue en cierto momento extenuante se hacía llevadero por la recompensa del clima y el escenario selvático del trayecto, lindas experiencias que me dejaron con deseo de hacer algo más, algo que requiriera un poco más de mi, oportunidad que se dio a través de la invitación de mi amigo Yamil quien me preguntó, ¿querés escalar la Isla del Tigre para llegar a la cima?, invitación tentadora a la cual respondí afirmativamente.

Descanso obligado en mi caminata en La Tigra.

Descanso obligado en mi caminata en La Tigra.

Llegado el día de la Isla del Tigre preparé con los que me acompañaban una mochila con comida, la idea era no perder el tiempo en “paradas estratégicas” y así fue, salimos de Tegucigalpa a las seis y media de la mañana y llegamos a Coyolito cerca de las nueve, parada obligada donde aproveché para abastecerme de chucherías para complementar el sandwich de desayuno; la espera no fue mucha ya que la lancha que nos transportaría a Amapala estaba lista, una embarcación como para 10 llevaba 50, apretados pero con espacio suficiente para disfrutar de la belleza del recorrido, la brisa marina salpicándome la piel mientras en la orilla una docena de aves con las alas extendidas aprovechaban el viento para secar sus plumas, una posición de descanso que pareciera decir “esta isla es nuestra”.

Si pudiera ponerle nombre a la lancha este sería "Donde caben 10, caben 50"

Si pudiera ponerle nombre a la lancha este sería “Donde caben 10, caben 50”

Menuda experiencia el trayecto en la lancha y no menos la bajada de la misma, haciendo malabares para no caerme; pasamos el muelle y abordamos un mototaxi que nos transportó primero por calles adoquinadas para luego llegar al punto donde comenzaríamos la escalada.

Para arriba, para arriba y para arriba...

Para arriba, para arriba y para arriba…

Desde el comienzo no se parecía en nada a las caminatas que había hecho antes, en este caso expuesta al sol candente del sur de Honduras, cuatro horas de ascenso para lograr alcanzar los casi 800 metros de altura desde el nivel del mar que tiene la cima del volcán extinto de la Isla del Tigre, no recuerdo haber dado un paso donde mi pie estuviese posado completamente sobre una superficie plana, todo era piedras negras volcánicas y lodo, veredas donde nos encontrábamos eventualmente a personas en ruta de descenso a quienes les preguntaba, ¿falta mucho?, y todos como si se hubiesen puesto de acuerdo decían, “falta poco”, ¡que va!, siempre faltaba más de lo que imaginaba.

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Pero no crean que era tan tétrica la subida, a veces se sentían ráfagas de viento fresco que aprovechaba para refrescar mi cuerpo mientras mi vista estaba complacida con el panorama que se apreciaba a mi alrededor.

Vistas que parecían postales a mi espalda, combinaciones de verde, tierra y un mar apacible al fondo.

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Cuando finalmente pensaba que nunca llegaría a la cima, la enorme recompensa de la caminata, saber que había alcanzado la meta ansiada, una vista de 360 grados desde donde se ve el Golfo de Fonseca en toda su extensión, los volcanes de nuestros países vecinos, el cambio de color del agua de mar, un conjunto de imágenes que te hace pensar en lo afortunados que somos de contar con un país tan lindo, que te hace pensar que cualquier esfuerzo de luchar por él vale la pena.

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Al final de todo y al regreso a Amapala terminé exhausta, con los pies hinchados y con ampollas, con el cuerpo que decía ya no puedo más pero con el pecho henchido de haber logrado alcanzar la meta, con el placer de ver la cima y decir, yo estuve ahí, fue una experiencia que le recomiendo a cualquiera en especial a mujeres como yo, de las que viven en las ciudades pero tienen un espíritu libre y que se sienten con la fuerza suficiente para llegar lo más alto posible.

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One Response

  1. Lucy 9 octubre, 2016